Historia

Los orígenes de esta villa se remontan a la época de la piedra pulimentada, como lo demuestran los abundantes restos arqueológicos aparecidos en la confluencia del Guadalquivir con el Viar y en otros lugares del término.

Zona de las AsperillasEn el emplazamiento de la actual Cantillana, los romanos establecieron un importante núcleo de población que, según el historiador y arqueólogo inglés Jeorge Bonsor, recibió el nombre de Naeva, con el que la menciona Plinio.

La Naeva romana contaba con un importante puerto fluvial sobre el Guadalquivir y hay constancia de una asociación de barqueros naevenses. Son numerosos los restos romanos encontrados, estatuas, fustes, inscripciones, o los caños llamados La Fuente, al norte del pueblo.

Hay noticias según las cuales el noble romano Lucio Elio Emiliano llenó de estatuas los pórticos que rodeaban el foro de la ciudad, la cual contaba con moneda autóctona en la que figuraba la cabeza de una mujer y un sábalo con atributos de la agricultura.

Durante el Bajo Imperio Romano parece que se varió su antiguo nombre de Naeva, dando el actual de Cantillana al añadirse la terminación "ana" al nombre de la familia romana Cantillus. Con el nombre de Catiliana la menciona san Isidoro en las Etimologías.

De la Cantillana árabe sabemos que estaba cercada por una muralla de la época romana que los musulmanes aprovecharon y arreglaron con muros de argamasa y ladrillos. En un torreón construido sobre los restos de esta muralla se encuentra hoy el reloj municipal, en el lugar que ocupaba la puerta sur de la antigua alcazaba.

Fue conquistada por Fernando III en la primavera de 1247, según se relata en la Crónica General. Existe en el término de Cantillana un arroyo llamado Garci-Pérez, donde estuvo situado el campamento del Rey.CDE-06-88-83

En el año 1248 se otorgó la villa a la Orden de Santiago y en 1252 pasó al señorío del Arzobispado de Sevilla.

Según la tradición, el rey Don Pedro I de Castilla, conocido como El Cruel, venía a pasar los veranos a Cantillana, a una finca de recreo situada entre los ríos Guadalquivir y Viar, que había sido propiedad del abuelo de Don Pedro, el rey Fernando IV el Emplazado.

Como señorío del Arzobispado de Sevilla,que poseía casas en la población, fue muchas veces residencia de arzobispos Sevillanos, que acudían a Cantillana a descansar o huyendo del contagio de las epidemias. En 1401 murió en esta villa el arzobispo Don Gonzalo de Mena, que había venido para protegerse de la epidemia de peste que azotó Sevilla. Unos años más tarde, en 1437, también moriría en Cantillana el arzobispo sevillano Don Diego Anaya.

Los Reyes Católicos concedieron importantes privilegios y mercedes a la villa, que se recogen en la Carta Privilegio que se conserva en el archivo municipal. La Reina Isabel se hospedó en Cantillana durante su viaje a Sevilla en el año 1478. Años más tarde, en febrero de 1502, acamparon en ella Isabel y Fernando y aquí firmaron la cesión del antiguo Monasterio de Santa María de las Cuevas, situado a las afueras de Sevilla, al prior y monjes del convento.

A principios del siglo XVI se vivió un importante crecimiento económico, debido al comercio desarrollado por los barqueros sevillanos que pasaban para Córdoba. La riqueza de la villa se basaba también en la abundante y extraordinaria pesca que le ofrecía su río: sábalos, sollos y otras variedades piscícolas.

Una visita ilustre del siglo XVI fue la de doña Isabel de Portugal, que se alojó en este pueblo cuando se encaminaba a Sevilla para contraer matrimonio en el Alcázar con el Emperador Carlos I. Dice el profesor Carriazo que en Cantillana dio la emperatriz un gran sarao con danzas, porque estaban allí los ministriles y las casas de su posada eran muy capaces, como cámara de los arzobispos de Sevilla.

Durante el reinado de Felipe II, Cantillana dejó de ser señorío del arzobispado de Sevilla, para convertirse en condado. En 1574 el Papa Gregorio XIII concedió a Felipe II potestad para vender hasta cierta cantidad estos señoríos de la iglesia. El 26 de Abril de 1567 Felipe II otorgó carta por la que vendía la villa de Cantillana, comprada por el corso Juan Antonio Vicentelo de Leca, que se convirtió en el primer conde de esta antigua villa. Pertenecía a una de las familias italianas que durante el renacimiento se habían establecido en Sevilla, donde era ya conocida su fama por su excesiva riqueza y sus admirables empleos. La familia Vicentelo daría a Sevilla ilustres hijos. El más famoso sería el restaurador de la Hermandad de la Santa Caridad, Don Miguel de Mañara Vicentelo de Leca.

El primer conde de Cantillana, Don Juan Antonio, estaba casado con su prima Doña Brígida, hija de un cargador de Indias avecindado en Triana. Los condes levantaron en Cantillana una casa palacio, que estuvo situada en el lugar denominado aún hoy día El Palacio, a orillas del Guadalquivir y desde el que dominaban todas sus fértiles vegas. Este palacio se comunicaba con la iglesia parroquial mediante un pasadizo que daba a una tribuna, situada sobre la capilla bautismal, desde donde los condes asistirían a los oficios religiosos. Don Juan Antonio y Doña Brígida mejoraron y arreglaron la parroquia de la villa, fundaron en ella cinco capellanías, teniendo derecho a enterramiento en la capilla mayor, de la que eran los patronos. Esta fue decorada con leyendas alusivas y escudos nobiliarios, estando presidido el centro de la bóveda por el escudo de armas, del cual está tomado el actual escudo de la villa.

Gran prosperidad e importancia alcanzo Cantillana bajo el gobierno de los condes. Se crearon cátedras de gramática, dotada suficientemente con una capellanía, se impulsó la agricultura y las industrias y se constituyó el pueblo como villa por si y ante si, con facultad para elegir sus propias autoridades.

CDE-08-65-41 En 1602, se solicitó del conde de Cantillana la fundación de un convento en los lugares de su señorío y, accediendo a ello, se erigió en su condado un convento de franciscanos el año 1608.
Desde finales del siglo XVII funcionaba un pequeño hospital titulado de Todos los Santos, que servía de hospicio a los pobres y pasajeros, a la par que se curaban en él algunos enfermos, atendidos por la Hermandad de la Santa Caridad. Contaba con un médico, un cirujano y un hospitalero, que se mantenían con las rentas del hospital.

En el siglo XVIII Cantillana contaba con unos 2400 habitantes, cuya principal actividad era la agricultura.

Un cantillanero ilustre de esta centuria fue Don José Ceballos y Ruiz de Vargas, que contribuyó a la fundación de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Fue catedrático de Moral en la Universidad Hispalense y académico de la Real de Historia. Obtuvo la cátedra de Disciplina Eclesiástica en Madrid, siendo nombrado más tarde canónigo de la Catedral de Sevilla y rector de la Universidad. Nació en Cantillana el 20 de Diciembre de 1724 y murió el 27 de Mayo de 1776, habiendo dejado escritas varias obras.

Contemporáneo suyo fue también don José de las Cuentas Zayas, caballero del hábito de Santiago, del consejo de S.M., alcaide del crimen de la Real Audiencia de Sevilla y académico de Historia. En 1752 ingresó en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, versando su discurso sobre Elogios del señor san Isidoro.

En 1771 llegaron al convento franciscano de Cantillana todos los frailes del convento de San Francisco de Villaverde, por ruina de éste. Con ellos venían algunas obras de arte, como el lienzo de la Virgen de la Portera y también los restos mortales de un famoso franciscano, fray Bernardino de Laredo, que había vivido en el siglo XVI en el extinguido convento. Hijo de familia ilustre, había nacido en 1482. En la universidad Hispalense aprendió artes y medicina, ejerció de enfermero, realizando grandes y múltiples curaciones, entre las que se cuenta la del Rey Juan II de Portugal.

Dejó escritas varias obras de medicina y otras de contenido espiritual, como Reglas de Oración y Subida al monte Sión, que fueron comentadas y elogiadas por Santa Teresa. Los restos reposan en nuestra parroquia.

Cantillana en el siglo XIX era paso obligado para ir a Extremadura y a las minas de Almadén de la Plata, provocando esto un cierto florecimiento económico. Había épocas en que era incesante el paso de caballerías y apenas bastaban las ocho posadas que existían en el pueblo para albergar a los numerosos viajeros. Contaba con unos 5000 habitantes y 850 casas, agrupadas en 21 calles y una plaza de cortas dimensiones, en donde se celebraban espectáculos taurinos. 99-32-23a
Tenía una pequeña cárcel, un almacén de pósito y aún funcionaba el hospital. Existían en esta época dos escuelas de niños y cinco de niñas. Sus productos eran casi los de nuestro siglo, abundando la cría de ganado y la pesca en el Guadalquivir de anguilas, albures, sábalos y sollos. Entre sus industrias destacaban doce molinos de aceite, tres harineros y dos alfarerías. Una de las industrias que tuvo gran apogeo en el siglo XIX fue la de la confección de flecos de mantones de Manila, existiendo tres talleres que se dedicaban a su fabricación.

Al norte de la población, muy cerca del arroyo Trujillo, había una cantera de jaspe, de la que se extraía mucha piedra con destino a Sevilla y otros puntos. El transporte fluvial por el Guadalquivir era notable, pasando numerosos faluchos cargados de carbón de las minas de Villanueva e hierro de una fabrica existente en el Pedroso. El Ayuntamiento poseía dos barcas para cruzar el río. Una estaba en las cercanías del pueblo para facilitar el paso y transporte a Sevilla y la otra para el comercio con Carmona y Tocina.

A mediados del siglo XIX se inauguró la línea de ferrocarril Sevilla-Córdoba, creándose en Cantillana una estación que permitirá un mejoramiento sensible de la comunicación del pueblo.

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